martes, 13 de octubre de 2015

MAЯTES 13...

Seguimos con las lánguidas supersticiones que se remontan a tiempos arcaicos. Nos perdemos en los mismos túneles que nos llevan a la misma estación: la duda. No existe ningún andén 9 y 3/4 que nos lleve a Hogwarts, ni ningún armario que nos transporte a la fría Narnia. Dejamos de creer en los Reyes Magos porque nos creíamos muy mayores y aún así, seguimos esperando a nuestro príncipe azul para vivir nuestro propio cuento de hadas. Seguimos esperando que venga un hada madrina a transformar una calabaza en esa carroza de caballos blancos que nos lleve hacia el clímax. Seguimos creyendo en el polvo de hadas, en poder volar, en los superpoderes y en los inmutables finales felices. Seguimos aspirando a ser alguien sin hacer nada y a eso vulgarmente le llamamos soñar.

Los martes 13 no están para quedarse en casa mientras haces la digestión de una tristeza infinita. Los martes 13 están para devorar el mundo mientras los demás siguen en su desidia infinita; mientras siguen esperando los días aciagos de tormenta; mientras desperdician los granos de su reloj de arena. Para llegar a presenciar a un "medio" príncipe azul hay que besar a muchos sapos primero y hay que saborear la insípida derrota repetidas veces. Hogwarts, Narnia y todos esos lugares ficticios los hemos creado nosotros. Y es precioso perderse en ellos, pero la ficción nunca va a superar a la realidad. Hay que aceptarlo. Nuestra historia, nuestra magia, nuestros propios sentimientos que navegan entre las arterias del silencio, son los verdaderos capitanes de nuestra vida. No tenemos por qué desembocar siempre en buen puerto, pero sin luchar, nunca vamos a llegar a otro mejor. Estoy seguro. Es muy falaz creer que no podemos aspirar a algo. Quien quiere, puede soñar de verdad, pero sin esfuerzo, solo está ilusionando un vacío que cada vez es más profundo.

Pues entonces soñemos, luchemos por lo que queremos y dejemos de ahogarnos en ese pozo del que no podemos visualizar su fondo. Tal vez algún día no podamos salir de él. La vida es sueño y los sueños, sueños son mientras que nosotros persistamos en ellos.


miércoles, 7 de octubre de 2015

Superación...

De vez en cuando es necesario aparcar la poesía y la narrativa intelectual a un lado para darle valor a las pasiones, a los gustos y a nuestro yo interior que pide a gritos que lo rescatemos de su aburrida existencia. La mayor manifestación de ese yo interior es la expresión, es la transparencia consigo mismo, es la aceptación. Existen muchas personas en el mundo con las que podemos ir a tomar un café, un "Puerto de Indias", un "KFC" e incluso una cachimba cerca de las playas de Huelin. Existen personas que nos hipnotizan con su aroma, con su forma de contar sus experiencias y con la forma que nos desvelan sus secretos. Existen personas que nos hacen plantearnos por qué estamos actuando así si podríamos actuar mejor o por qué tenemos que dejar de actuar como queremos si realmente así nos sentimos nosotros mismos. Existen personas que acuden por mero interés para conseguir algo y después se dan cuenta de que no necesitaban nada de ti. Algunas hasta se enganchan a no necesitar nada. También existen otros que nos dejan de lado, que no nos dan explicaciones de por qué cambian, de por qué todo se ha esfumado entre suspiros muertos si ayer estábamos riendo. De repente, nuestros mayores superhéroes cuelgan la capa y la acción de nuestras vidas se congela. Se fastidia todo. Se inicia una cuenta atrás en la que necesitamos cambiar y necesitamos buscar nuestra verdadera identidad.

En el fondo, el daño es necesario para desencadenar esa madurez interior que quiere manifestarse y no puede. En los días turbios, cuando me acompañan las baladas más pausadas, suelo pensar en todas aquellas personas que me han marcado en esta vida, ya sea para bien o para mal. Hay personas que han pasado a hurtadillas y que han dejado buenos recuerdos en el camino. Otras, sin embargo, han hecho modificar mi carácter por completo y sacar una versión muy distinta de mí. Los cambios son necesarios ya que nada dura para siempre. La felicidad es momentánea, pero el odio también. Vencer la inseguridad es lo que nos dice que verdaderamente queremos cambiar y que hay elementos de nuestra vida cotidiana que sobran o que simplemente no deberían estar ahí. Ante todo tenemos que ser claros, justos y coherentes con lo que decimos. Las posturas rompen relaciones, debilitan amistades y crean desconfianza. Desconfianza que nunca vuelve a ser confiada por mucho que nos permitan insistir. Que a todos nos fallan es una realidad, pero cada uno elige con qué piedras quiere volver a tropezar. Nadie nos ata con cadenas. Nadie nos prohíbe sacar ese niño que le da sentido a nuestra vida. Nadie nos hace dejar de ser nosotros mismos si nosotros no queremos dejar de serlo. Nadie nos impide mejorar. Nadie nos debe dificultar crecer como persona. Si algo de esto pasa, la culpa es nuestra.

Estamos en época de cambios, de inicios, de "poder elegir" lo que queremos y lo que no queremos. Estamos en época de desconfiar lo desconocido y de confiar en quien creemos que no nos va a fallar y si nos fallan, nuestra consciencia está tranquila de que dimos esa oportunidad. No quiero que resurjan relaciones porque actúe bien en un determinado momento, sino porque la gente se sienta bien conmigo. No quiero halagos cargados de puñales ni puñales a medio clavar. Ir de frente es duro y a veces es lo más difícil, pero suele ahorrar muchos problemas. He aguantado comentarios homófobos en tan solo cinco meses que llevo fuera del armario. He dedicado artículos para mostrar que estamos avanzando, pero que quiero más y no voy a parar hasta estar satisfecho con ciertos temas. Hay gente que ha desconfiado de mí solo por ser "amigo de..." o que me ha incluido en una lista de fracasos planetarios por haber fallado alguna vez. Hay gente que no apuesta nada por nosotros y que no conocen nuestro origen. Un origen que puede ser humilde, de padres que tuvieron que dejar de estudiar en su época para ayudar a sacar a su familia adelante, como el mío. Que si hoy soy quien soy es porque hubo gente que se dejó el sudor en creer en mí y que me han hecho ver que en la vida recoges más palos de los que das y cada palo que recibes te incita más a plantearte todo. Me alegro hoy en día de tener más valores que amigos en mi cuenta de Facebook. A pesar de tanto cambio, que esa sonrisa de niño pequeño que sigo teniendo, nunca se borre.