martes, 25 de febrero de 2014

Lágrimas de papel...

Un hecho inequívoco es que todos en algún momento de nuestra vida hemos tendido a la idealización. Dotar a personas, hechos y aspectos de un atributo más extraordinario, que realmente no tienen. Al hablar de idealización no es extraño que lo primero que remita a nuestro campo de pensamientos sean las relaciones de pareja. Sí, esas relaciones que empiezan asemejándose a un estrechamiento ficticio entre Adonis y Afrodita. Se otorga una caracterización vasta de innumerables rasgos que en el trasfondo son exponenciales exageraciones que no conducen hacia ningún sitio. <<No existe ningún Adonis, ni tampoco existe ninguna Afrodita>>. Dejemos de engañarnos, idealizar a las personas es un grandioso síntoma de una autoestima baja, de una necesidad de ponerle otras lentes a la vida, de tener mayor nitidez de la que ya se tiene. ¿Para qué necesitamos ver mejor lo que ya se aprecia bien? Habiendo sido víctima alguna vez de la idealización hacia otras personas también soy consciente de lo difícil que es querer ver las cosas de la manera que verdaderamente son y puedo llegar a afirmar somos demagogos con nosotros mismos creyendo que esa lente de perfección es la que perciben los ojos de todo el mundo.

Las raíces putrefactas de estos problemas se manifiestan cuando esa idealización real cobra vida como lo que es: un ser imperfecto. Ese dios todopoderoso ligado a una perfección divina, por cuestión de una metamorfosis instantánea se convierte en un ser común. Un ser que es tan común como lo era antes. Tras los continuos fogonazos de luz las lentes empiezan a deteriorarse y pueden ocasionarse dos posibles vías de escape: la primera es que deje de agradar tanto la fuerte apuesta que hicimos hace un tiempo y convivamos con ella "por costumbre" y la segunda es que dé a luz un sentimiento de odio y rechazo inminente, fruto del engaño. En toda idealización, antes o después, florecen los primeros "me ha fallado", aparecen las decepciones, los atracones de chocolate, la evasión mediante la pena y el susurro hacia lo prohibido. La venda de la ilusión por muy fuerte que se ate algún día acabará cayéndose.


En cuanto a la autoestima, todos tenemos una imagen sobre nosotros mismos, sea mejor o peor esta. Si osamos a hacer depender nuestra imagen de las críticas de los demás acabaremos construyendo nuestra propia autodestrucción. No debemos permitir colocar a otras personas en un escalón de superioridad más alto, porque de este modo estaremos cediendo nuestra felicidad y nuestro yo a sus palabras. Cuando las críticas que nos ofrecen son positivas nos contentamos de forma que tomamos por verdad absoluta lo que dicen de nosotros, de tal forma que creamos una drogadicción psicológica que nos hace pensar que nuestros atributos dependen del emisor que los promulga. Si se da la marcha de estos emisores es como si irrevocablemente nuestras buenas cualidades se fuesen con ellos, cuando esto efectivamente no es así. Cuando las críticas son negativas muchas personas tienden a cambiar para contentar a su alrededor. Siempre, al final, acaban llegando las decepciones y terminamos llorando imperios de lágrimas de papel. Lágrimas verdaderas pero tan falsas como su origen.

El primer paso para superar la ardua y enfermiza idealización es la autovaloración. Cuando nos juzguemos a nosotros mismos de la misma forma que lo hacemos con los demás veremos que nosotros también tenemos cualidades muy idóneas y muy destacables y que nadie es tan perfecto como parece.

lunes, 3 de febrero de 2014

Robotz...

Esta mañana me dispuse a llamar al número de servicio de atención al ciente de mi operadora y antes de que pudiese pronunciar una palabra una dulce voz femenina me estaba atendiendo, era consciente de que esa voz no era procedente de una persona que estuviese trabajando para dicha compañía, sino de un bot programado para ser un mero intermediario de mi duda y con la mayor velocidad posible poder dirigirme hacia el profesional adecuado. Cada vez estamos más y más ligados a la robótica y a depender de su frecuente uso: Siri o Sherpa en los terminales móviles son capaces de realizar tareas por nosotros mediante patrones de voz; algunas recepcionistas de hoteles japoneses también son androides de una estética cuidada hasta el más mínimo detalle que pueden resolver cualquier percance o guiarnos hacia la zona de la estructura que deseemos; miles de máquinas agilizan las cadenas de producción en las fábricas y realizan cortes y trabajos tan exactos y precisos que serían imposibles de realizar con manos humanas en el mismo tiempo y la agricultura también ha sido otro sector que se ha beneficiado de manera abismal. La tecnología avanza a pasos de Goliat y sin duda cada vez estamos más inmersos en la enorme evolución tecnológica.

La gran mayoría de operaciones que se realizan en la bolsa son gestionadas por bots autómatas que trabajan mediante algoritmos. Estos bots están diseñados para ser extremadamente veloces y así controlar la compraventa de acciones, estas a su vez se ejecutan desde un superordenador (algunos de ellos son capaces de realizar más de 150 billones de operaciones por segundo) y a veces un fallo hace perder enormes cantidades de dinero en muy pocos minutos. Se han desplazado cuantiosos puestos de trabajos debido a la aparición de robots que hacen que la labor sea más fácil o precisa y otros artilugios controlan el correcto funcionamiento de dicha maquinaria. Hay trabajos y servicios que van desapareciendo a la vez que surgen otros nuevos, es decir, no hay que alarmarse de forma dramática a causa de la automatización y robotización de la industria, aunque las clases medias son las que suelen verse más perjudicadas respecto a esto. 

Todavía quedan enormes desafíos por superar, es decir, un acto tan sencillo como enroscar una botella o subir unas escaleras son dos grandes retos para la robótica, o sea, un robot es capaz de hacer girar un mecanismo hasta que su cierre sea perfecto pero no puede colocar el tapón en una botella e ir buscando la posición adecuada para que este encaje y hacerlo girar hasta que el recipiente esté cerrado. Subir y esencialmente bajar escaleras es una gran dificultad para la robótica porque los robots de tipo humanoide carecen de sentido del equilibrio y es bastante difícil controlar el centro de gravedad mediante la programación, por lo que los modelos actuales que consiguen subir escaleras lo hacen de una forma bastante rudimentaria y con una velocidad bastante limitada. También podemos hacer que un sistema móvil nos nombre mediante un apodo o nick que hemos preseleccionado anteriormente, pero no podemos lograr que este sistema nos ponga un mote lógico mediante toda la información que posee acerca de nosotros.



El avance tecnológico e industrial es innegable, sin embargo, su desarrollo sería más eficaz si contase con un apoyo más férreo para impulsar esta industria, sin duda hablo del servicio militar. Sería una falacia decir que si el servicio militar se preocupase por la tecnología no se avanzaría nada, ya que internet y muchos experimentos médicos, terapéuticos y de armamento han sido llevados a cabo gracias a que este sector se ha volcado con ellos y ha invertido grandes patrimonios (probablemente en el 80% de los casos, la forma en la que se llevaba a cabo estas investigaciones no era ética, legal ni ofrecía los medios adecuados pero a pesar de tanta injusticia lograron sus objetivos). 

La línea entre lo más extremo y el mayor reto que podemos imaginar es que estos robots, sean androides o no, adquieran consciencia de lo que están haciendo, es decir, que sean capaces de manifestar sentimientos de ira, furia, venganza, alegría, satisfacción, etc. Toda esta ficción parece que viene de las películas: amenazas de robots o guerras entre sus creadores contra el despertar de una rebelión robótica. Estos serían los extremos más comunes que solemos imaginar pero también podemos llegar a pensar que un aparato que siente que no recibe unos cuidados básicos decida electrocutar a una persona, darse a la fuga o autodestruirse. A mi parecer el reto más arduo que se presentaría en este sector sería el de conseguir contraponer dos o más sentimientos en un robot a la hora de optar por una decisión.

El miedo correría por cada poro de mi piel si de algún modo los robots llegaran a tener consciencia de lo que hacen. A día de hoy solamente actúan para facilitar nuestro ciclo vital y hacer que todo sea más práctico y ameno. No significa que debamos tener miedo de dirigirnos hacia el progreso pero, ¿os imagináis cómo sería vivir en una sociedad estrictamente robotizada?